TRES
Aún sin entender
a qué orilla pertenezco,
si acaso el río desemboca
en las agujas de este yeso temporal,
donde el cauce es piedra,
que no se rompe siquiera
con el puñetazo del mundo
que lo despierta a uno
de su sueño predilecto,
provocando un salto exasperado
a sí mismo
y es un golpe escandaloso,
la sangre se inunda y vuelve a su cauce
y todo es recto;
lineal
mente
derra
mado
un curso irracional
donde lo natural es cortarse el cuello
por puro aburrimiento o
tajarse el ego,
construir puentes de sal
para cruzar el abismo o
(en el peor de los casos)
mirarse la palma de la mano
y descubrir que el río esta ahí
manso
resignado
a las piedras,
y al tiempo.
martes, 23 de abril de 2013
jueves, 18 de abril de 2013
DOS
La realidad nos la han puesto así
como se pone el mantel en la mesa,
sin pensarlo demasiado:
el tenedor
de un lado
el cuchillo
del otro,
y así, hundirse
en el mismo barro que una vez
fue polvo y conoció el viento
ahora,
superficie lastimosa y mugrienta.
Y un día paso en rojo
me río sin sentido
a carcajadas
me doblo
me retuerzo
mi abdomen
se endurece,
¡muero de risa!
y es un funeral
de máscaras sonrientes,
y todos aplauden el gran
espectáculo:
leones saltando
sobre el fuego de mi cuerpo,
cenizas
como serpentinas de colores,
y todos bailan,
y son felices,
y yo canto desde una flor
que no florece
y es primavera.
La realidad nos la han puesto así
como se pone el mantel en la mesa,
sin pensarlo demasiado:
el tenedor
de un lado
el cuchillo
del otro,
y así, hundirse
en el mismo barro que una vez
fue polvo y conoció el viento
ahora,
superficie lastimosa y mugrienta.
Y un día paso en rojo
me río sin sentido
a carcajadas
me doblo
me retuerzo
mi abdomen
se endurece,
¡muero de risa!
y es un funeral
de máscaras sonrientes,
y todos aplauden el gran
espectáculo:
leones saltando
sobre el fuego de mi cuerpo,
cenizas
como serpentinas de colores,
y todos bailan,
y son felices,
y yo canto desde una flor
que no florece
y es primavera.
miércoles, 17 de abril de 2013
UNO
Quizás en otro tiempo
cuando las cosas andaban mejor.
Ahora nos queda remover la testa
y sumergirnos
en las miserias del pensamiento.
Nos queda también
volver caminando desde las calles parisinas,
hasta el hueco profundo y pantanoso de la nada,
esa reventada que se prostituye
en las madrugadas de esta esquina,
donde el único que se detiene
es el tiempo
impúdico, desgarrador y obsoleto
que se baja los pantalones
provocando la vergüenza ajena de uno mismo,
tan quieto y detenido ante la excesiva lucidez
que a veces hasta hay que tocarse el pulso
para creer que se está vivo.
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